Los yo-yos que siempre había tenido en mi infania, por allá los años 70, eran de los baratos; los típicos de color azul o verde con el aro exterior en blanco, pero vaya... eran yo-yos con los que ni se podía hacer “el dormilón”, ni “el perrito” ni nada. Los buenos, los que molaban, se escapaban de mis posibilidades monetarias, así que aprendí a utilizar yo-yos malos hasta que un día.../... Leer el relato completo