El único sonido perceptible era el goteo intermitente de una ducha mal cerrada. Del techo colgaba una triste bombilla cuya tenue luz proyectaba sobre la pared las sombras de los escasos muebles que habían en el vestuario: una taquilla de aluminio, un par de sillas, la pica del lavabo coronada por un espejo y la camilla sobre la cual me hallaba sentado. Mis pies no tocaban suelo y alternos el uno con respecto al otro dibujaban un mecánico y acompasado vaivén. Aún llevaba puesto mi albornoz de raso rojo y en la espalda, estampadas en azul marino, las letras de mi nombre de guerra. “El Negro Albino”.../... Leer el relato completo